No sabes que las cosas cambian. Dentro de tu mente psicótica nada gotea, nada es cuestionado. Tú no te sumerges con nosotros, no fluyes por la vida, vas en una corriente paralela, vas aleteando y creyendo que en el agua -y no en la atmósfera- se vuelva. Eres el elegido y sufres por serlo. Te construyes hermosas alas de plástico que te hacen sentir la felicidad, pero esa ilusa sensación se acaba apenas quemamos tus alas con nuestras almas pirómanas que se esconden detrás nuestros rostros mediante los cuales te esbozamos una sonrisa luciferina y te damos un abrazo enamorado. No sabes nadar, nunca lo aprendiste, tú sólo habitas en tu cabeza y te contorsionas desde ahí, desde ese lugar inhabitado por todos, hasta por dios, tu padre celestial a quien le haces tus espectáculos sexuales frente al espejo del baño de tu casa. Estás encerrado en tu celda con murallas de acero que miden veinte metros. Vives una vida ex-céntrica y enajenada de todo con-tacto que sí cabe en la imaginación de nosotros los mortales, nosotros que nos comunicamos en la oficina hablando de tus extravagancias de la noche anterior, nosotros que nos vamos poniendo viejos mientras nos lustramos los zapatos y nos lavamos los dientes con pasta dental. Te admiramos, lloramos y rezamos por tu salud física, mental, espiritual, uretral, mágica, etérea y tridimensional. Nosotros los ilusos que te queremos y cuidamos tanto, los ilusos que intentamos que nada malo te ocurra, como tirarte desde el noveno piso cuando te invade la extrema lucidez; los ilusos que mantenemos tu higiene mental y te damos la leche tibia que emana desde nuestros pechos hinchados de amor. lunes 12 de octubre de 2009
Confesiones
No sabes que las cosas cambian. Dentro de tu mente psicótica nada gotea, nada es cuestionado. Tú no te sumerges con nosotros, no fluyes por la vida, vas en una corriente paralela, vas aleteando y creyendo que en el agua -y no en la atmósfera- se vuelva. Eres el elegido y sufres por serlo. Te construyes hermosas alas de plástico que te hacen sentir la felicidad, pero esa ilusa sensación se acaba apenas quemamos tus alas con nuestras almas pirómanas que se esconden detrás nuestros rostros mediante los cuales te esbozamos una sonrisa luciferina y te damos un abrazo enamorado. No sabes nadar, nunca lo aprendiste, tú sólo habitas en tu cabeza y te contorsionas desde ahí, desde ese lugar inhabitado por todos, hasta por dios, tu padre celestial a quien le haces tus espectáculos sexuales frente al espejo del baño de tu casa. Estás encerrado en tu celda con murallas de acero que miden veinte metros. Vives una vida ex-céntrica y enajenada de todo con-tacto que sí cabe en la imaginación de nosotros los mortales, nosotros que nos comunicamos en la oficina hablando de tus extravagancias de la noche anterior, nosotros que nos vamos poniendo viejos mientras nos lustramos los zapatos y nos lavamos los dientes con pasta dental. Te admiramos, lloramos y rezamos por tu salud física, mental, espiritual, uretral, mágica, etérea y tridimensional. Nosotros los ilusos que te queremos y cuidamos tanto, los ilusos que intentamos que nada malo te ocurra, como tirarte desde el noveno piso cuando te invade la extrema lucidez; los ilusos que mantenemos tu higiene mental y te damos la leche tibia que emana desde nuestros pechos hinchados de amor.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 interlocutores:
Publicar un comentario en la entrada